MALVINAS: MILEI SE VISTIÓ DE GALTIERI, PERO LA HISTORIA LE DEVUELVE A CRISTINA
La noche del jueves Javier Milei salió a hablarle al país por cadena nacional. El escenario estaba preparado: Malvinas como bandera, el reclamo de soberanía como eje y un Presidente dispuesto a recuperar un lenguaje que durante décadas formó parte de las grandes causas nacionales.
“Las Malvinas son argentinas”, afirmó Milei.
Nadie debería discutir esa reivindicación.
Lo que sí merece ser discutido es qué política concreta existe detrás de esa frase.
Porque una cosa es defender la soberanía argentina sobre las islas y otra muy diferente es convertir Malvinas en una escenografía política para intentar recuperar iniciativa cuando el Gobierno enfrenta una creciente disputa por su rumbo económico, social y político.
Milei anunció sanciones más duras contra empresas que participen de actividades hidrocarburíferas en las islas sin autorización argentina, iniciativas legislativas y mayores recursos para Defensa con el objetivo de avanzar en una Base Naval Integrada en Tierra del Fuego.
El proyecto Sea Lion, vinculado a la exploración petrolera alrededor de las islas, es uno de los puntos centrales de la nueva disputa. El yacimiento proyectado tiene además una enorme importancia económica y estratégica.
Hasta ahí, el reclamo argentino es perfectamente comprensible.
Pero entonces aparece la pregunta que Milei debería responder:
¿Por qué ahora?
Porque durante buena parte de su trayectoria política, Milei estuvo muy lejos de representar la tradición nacional y popular de reivindicación de Malvinas. Incluso su histórica admiración por Margaret Thatcher forma parte de las contradicciones que hoy reaparecen cuando intenta presentarse como el nuevo abanderado de la soberanía nacional.
Y hay algo todavía más incómodo.
Mientras Milei presenta su discurso como una nueva etapa en la defensa de Malvinas, buena parte de las herramientas que anunció ya habían sido construidas por gobiernos anteriores.
La Ley 26.659, sancionada durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, establece restricciones para las actividades hidrocarburíferas vinculadas con las islas sin autorización argentina. Milei decidió ahora endurecer y reglamentar ese esquema.
Es decir:
La herramienta que hoy Milei presenta como parte de su ofensiva soberana tiene ADN kirchnerista.
Pero hay una diferencia todavía más profunda.
Cristina llevó Malvinas a la ONU
Mientras Milei apuesta al impacto de una cadena nacional y a una retórica de confrontación, Cristina Fernández de Kirchner llevó personalmente el reclamo argentino a las Naciones Unidas.
En 2012, ante el Comité de Descolonización de la ONU, Cristina reclamó el cumplimiento de la Resolución 2065 y pidió que Argentina y Reino Unido se sentaran a negociar la cuestión de soberanía.
Y en su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas volvió a insistir con la misma idea: Argentina no estaba pidiendo que Londres reconociera inmediatamente la soberanía argentina; estaba reclamando que aceptara sentarse a dialogar.
Incluso pidió la desmilitarización del Atlántico Sur y presentó la cuestión Malvinas como un problema que excedía la relación bilateral entre Argentina y Reino Unido.
Cristina llegó incluso a solicitar al papa Francisco su intermediación para conseguir que Argentina y Reino Unido retomaran el diálogo.
“Queremos que las dos partes hablen”, sostuvo entonces.
Ahí aparece la paradoja.
“La condenada” y la soberanía
Milei suele referirse despectivamente a Cristina como “la condenada”.
Pero aquella mujer a la que el Presidente utiliza como blanco permanente de sus ataques fue también la Presidenta argentina que llevó la cuestión Malvinas al escenario internacional, ante los organismos multilaterales y frente a las representaciones diplomáticas de todo el mundo.
Cristina fue a la ONU.
Cristina reclamó diálogo.
Cristina invocó las resoluciones internacionales.
Cristina denunció la explotación de los recursos naturales del Atlántico Sur.
Cristina reclamó la desmilitarización de la región.
Y lo hizo desde una estrategia diplomática que buscaba acumular respaldo internacional para la posición argentina.
Milei, en cambio, aparece ahora intentando construir una épica propia alrededor de Malvinas mientras deposita buena parte de su estrategia internacional en su relación privilegiada con Estados Unidos y Donald Trump.
Y aquí aparece otra contradicción.
¿Malvinas o Trump?
El nuevo discurso de Milei llegó después de que Trump insinuara que Estados Unidos podría revisar su histórica posición respecto de las islas.
Pero una declaración de Trump no equivale a un cambio formal de la política exterior estadounidense.
De hecho, el propio escenario internacional demuestra que la cuestión sigue siendo extremadamente compleja: el Reino Unido respondió reafirmando su posición y las empresas vinculadas al proyecto petrolero sostienen la legitimidad de sus licencias.
Entonces aparece la pregunta que debería atravesar cualquier análisis serio:
¿Argentina está construyendo una política soberana sobre Malvinas o está intentando aprovechar una disputa entre Washington y Londres para obtener un rédito político?
Porque una cosa es utilizar las contradicciones entre las grandes potencias en beneficio de los intereses argentinos.
Y otra es confiar en que el mismo poder imperial que durante décadas sostuvo una determinada posición sobre Malvinas será ahora quien venga a resolver nuestro problema.
El fantasma de Galtieri
La escena también tiene una memoria histórica imposible de ignorar.
Malvinas no puede ser utilizada como un decorado.
En Argentina, cada vez que un gobierno transforma la cuestión Malvinas en una herramienta de exaltación nacionalista, aparece inevitablemente el fantasma de 1982.
La comparación con Galtieri no significa afirmar que Milei esté preparando una guerra.
No hay elementos para sostener eso.
La comparación apunta a otra cosa:
al uso político de la causa Malvinas como herramienta de construcción de liderazgo.
La diferencia fundamental es que aquella dictadura terminó llevando al país a una guerra que dejó una tragedia humana y política.
Hoy la Argentina tiene la obligación de defender su soberanía exactamente en el sentido contrario:
con diplomacia, derecho internacional, inteligencia estratégica y política de Estado.
No con una nueva aventura militar.
No con una guerra.
Y tampoco con una cadena nacional convertida en espectáculo.
El verdadero problema es el Atlántico Sur
Malvinas no son solamente las islas.
Está en juego el Atlántico Sur, sus recursos naturales, sus rutas marítimas, la pesca, los hidrocarburos y la proyección geopolítica sobre la Antártida.
Por eso el proyecto Sea Lion no es un detalle.
Y justamente por eso resulta necesario discutir qué lugar ocupa Tierra del Fuego en la estrategia del Gobierno.
Milei anunció una Base Naval Integrada en el extremo sur.
Bien.
Pero la pregunta vuelve a ser inevitable:
¿Estamos ante una verdadera estrategia argentina de defensa de la soberanía o ante una nueva pieza de la arquitectura geopolítica que Estados Unidos está construyendo en el Atlántico Sur?
Porque mientras el Gobierno habla de soberanía, Argentina profundiza su alineamiento estratégico con Washington.
Y ahí está la contradicción que no puede esconder ninguna bandera.
La soberanía no se declama: se construye
Malvinas son argentinas.
Pero precisamente por eso no pueden convertirse en una herramienta de marketing político.
La causa Malvinas pertenece a los argentinos.
No a Milei.
No a Cristina.
No a Galtieri.
No a ningún partido político.
Y mucho menos a una potencia extranjera.
La Argentina necesita una política de Estado que atraviese gobiernos y que combine diplomacia, derecho internacional, desarrollo científico, presencia efectiva en el Atlántico Sur, defensa de nuestros recursos naturales y una estrategia soberana respecto de Estados Unidos, Reino Unido y cualquier otra potencia.
Cristina llevó el reclamo a la ONU.
Milei ahora lo llevó a la cadena nacional.
La diferencia entre ambos no está en decir que “las Malvinas son argentinas”.
La diferencia está en qué se hace después de decirlo.
Porque si para recuperar la soberanía necesitamos arrodillarnos ante otro imperio, cambiar un amo por otro no es soberanía.
Es simplemente cambiar de dueño.
Y quizás esa sea la pregunta que dejó flotando la cadena nacional de Milei:
¿Estamos ante una verdadera política de recuperación soberana de Malvinas o ante otro gran show político para tapar las contradicciones del presente?
En Malvinas, la Argentina necesita menos épica de televisión y más estrategia de Estado.
Porque la soberanía no se grita.
La soberanía se construye.
Hora Reimon – Donde el poder incomoda, ahí estamos.
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