MILEI, DE LA TEORÍA DEL VALOR A LA PRIMERA PLAYBOY: EL PRESIDENTE QUE CONVIERTE AL PAÍS EN UN SHOW
Gus ReimonHay cosas que uno no puede inventar porque la realidad se encarga de superar cualquier parodia. Javier Milei, presidente de la Nación, encontró una nueva manera de hablar de sí mismo durante una gira internacional: aseguró que disfrutó más leer La teoría del valor, de Gérard Debreu, que su primera Playboy.
Sí, eso mismo. El presidente argentino decidió poner en la misma balanza a uno de los economistas más reconocidos del siglo XX y una revista que marcó la adolescencia de generaciones enteras. Una comparación que, lejos de aportar algo al debate económico, vuelve a colocar el foco sobre las extravagancias personales del mandatario.
Milei puede hablar de economía todo lo que quiera. El problema empieza cuando confunde una gira presidencial con una sobremesa entre amigos.
Porque no estamos hablando de un panelista televisivo que busca una frase viral, de un influencer que necesita llamar la atención ni de un candidato en campaña dispuesto a provocar para ganar unos minutos de pantalla. Estamos hablando del presidente de la República Argentina, una figura institucional cuya voz representa al país ante el mundo.
Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿qué necesidad tiene un jefe de Estado de convertir su primera experiencia con una revista erótica en una anécdota internacional?
¿Es una estrategia para mantener su personaje? ¿Es simplemente su manera de expresarse? Cada cual podrá sacar sus conclusiones. Lo concreto es que la declaración vuelve a alimentar el espectáculo alrededor de la figura presidencial, mientras los problemas cotidianos de millones de argentinos siguen reclamando espacio en la agenda pública.
El país real no entra en una anécdota
Mientras el presidente protagoniza titulares con sus declaraciones personales, hay trabajadores que hacen cuentas antes de llegar a la última semana del mes, jubilados que deben elegir qué gastos afrontar y familias que ajustan sus consumos para sostener lo indispensable.
La discusión pública debería estar concentrada en los resultados de la política económica, la evolución de los salarios, el empleo, la producción y el costo de vida. Son esos los asuntos que permiten evaluar una gestión, no las preferencias literarias ni los recuerdos íntimos de quien ocupa el sillón de Rivadavia.
Y que quede claro: el problema no es leer a Debreu, mencionar a Playboy ni tener sentido del humor. El problema es la distancia entre el personaje que ocupa permanentemente el centro de la escena y las responsabilidades concretas del cargo que ejerce.
Un presidente puede ser irreverente sin convertir cada aparición en una función. Puede defender sus ideas sin hacer de su vida privada el argumento principal. Y puede viajar al exterior sin olvidar que no está hablando solamente en nombre propio.
La investidura no viene con modo avión
Milei construyó buena parte de su identidad pública sobre la provocación, el lenguaje agresivo y la confrontación permanente. Ese estilo puede generar repercusión, adhesiones y rechazo, pero la Presidencia exige algo más que capacidad para producir titulares.
Porque cuando habla el presidente, el país escucha. Y cuando habla en el exterior, sus palabras también forman parte de la imagen que proyecta la Argentina.
La pregunta no es si Milei tiene derecho a contar esa anécdota. Por supuesto que puede hacerlo. La pregunta es si esa es la clase de exposición pública que debería ocupar el centro de una gira presidencial mientras el país necesita discutir cuestiones mucho más urgentes.
Gobernar no es protagonizar un reality show con banda presidencial.
La economía no mejora por citar a Debreu. Los salarios no recuperan poder adquisitivo por contar anécdotas. Y los problemas de los argentinos no desaparecen porque el presidente consiga otra frase para las redes.
Al final, queda una postal difícil de ignorar: un mandatario que habla de su primera Playboy ante el mundo y una sociedad que sigue esperando que la política se ocupe de su presente.
Porque una cosa es el personaje. Otra, la Presidencia.
Y la Argentina no debería tener que pagar el costo de confundir ambas.
HORA REIMON
