Economía

MILEI Y LA ECONOMÍA DEL AJUSTE: CUANDO EL “ÉXITO” SE MIDE CON FÁBRICAS CERRADAS Y TRABAJADORES AFUERA

El Gobierno celebra sus números fiscales y vende estabilidad como un triunfo histórico, pero detrás del relato oficial aparece otra Argentina: consumo debilitado, industria golpeada, empresas que bajan sus persianas y trabajadores que pagan el costo de un modelo que prioriza el equilibrio de las cuentas antes que la recuperación de la economía real.

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Javier Milei llegó al poder prometiendo terminar con la “casta”, liberar las fuerzas productivas y devolverle dinamismo a una economía castigada por años de crisis. Sin embargo, a medida que avanza su programa económico, la pregunta incómoda es cada vez más difícil de esquivar: ¿crecimiento para quién?

El Gobierno convirtió el ajuste en bandera. El superávit fiscal aparece como la gran medalla de gestión y cada recorte es presentado como una prueba de responsabilidad. Pero detrás de las planillas del Ministerio de Economía existe una economía cotidiana que no entiende de épicas fiscales: familias que llegan con lo justo, comercios que venden menos, industrias que pierden mercado y trabajadores que ven cómo se deteriora su poder de compra.

EL AJUSTE COMO MODELO

La motosierra dejó de ser una metáfora electoral para convertirse en una filosofía de gobierno.

Menos gasto público, reducción de subsidios, obra pública paralizada, salarios estatales contenidos y una política económica que apuesta fuertemente a la disciplina fiscal y a la apertura de la economía.

El problema aparece cuando esa receta se enfrenta con la economía productiva.

Porque una fábrica no funciona con superávit fiscal. Funciona cuando hay consumidores, crédito, inversión, demanda y un mercado capaz de absorber lo que produce.

Y cuando el consumo se enfría, las consecuencias terminan llegando a las fábricas, a los comercios y finalmente al empleo.

LA INDUSTRIA, EN EL MEDIO DE LA TORMENTA

Uno de los puntos más sensibles del modelo es la apertura a las importaciones.

Para el Gobierno, importar puede significar competencia, precios y eficiencia. Para buena parte del entramado industrial argentino, sin embargo, la discusión es mucho más compleja: ¿cómo compite una empresa nacional contra productos importados cuando enfrenta costos internos elevados, tasas de financiamiento difíciles y un mercado doméstico debilitado?

La pregunta no es si Argentina debe competir con el mundo.

La pregunta es qué industria queda en pie después de la competencia.

Porque si una pyme cierra, no desaparece solamente una empresa. Se pierden trabajadores, proveedores, clientes, conocimiento productivo y años de inversión.

EL DATO QUE NO ENTRA EN EL RELATO OFICIAL

El Gobierno puede mostrar una planilla fiscal ordenada.

Puede celebrar el superávit.

Puede repetir que la inflación bajó respecto de los niveles explosivos que recibió.

Pero hay una realidad que no se arregla con un Excel: la economía también se mide en la caja del supermercado, en el mostrador de un comercio y en la persiana de una fábrica.

Y allí la discusión es otra.

Porque de poco sirve decirle a una familia que la macroeconomía está “ordenada” si esa familia cada mes tiene que resignar consumo para llegar a fin de mes.

¿LIBERTAD O SUPERVIVENCIA?

El discurso oficial habla de libertad económica.

Pero para un trabajador que pierde su empleo, para una pyme que no consigue financiamiento o para un comerciante que ve caer sus ventas, la palabra “libertad” puede sonar bastante abstracta.

No hay verdadera libertad económica cuando la única alternativa es ajustar el consumo, endeudarse o cerrar.

El desafío de cualquier gobierno no debería ser solamente conseguir que las cuentas públicas cierren.

También debería conseguir que la economía real vuelva a abrirse para millones de argentinos.

LA MOTOSIERRA NO PRODUCE

El Gobierno de Milei construyó buena parte de su identidad alrededor de la motosierra.

El problema es que una motosierra puede cortar gasto, pero no fabrica productos, no crea consumidores y no genera por sí sola una economía industrial competitiva.

Una política económica puede reducir el déficit rápidamente.

La verdadera prueba es mucho más difícil: lograr que ese orden fiscal termine transformándose en producción, empleo, salarios y mejores condiciones de vida.

Hasta entonces, el Gobierno puede seguir celebrando sus números.

Pero del otro lado de la pantalla hay una Argentina que pregunta cuánto tiempo más deberá pagar el costo del experimento.

Porque ajustar las cuentas puede ser una herramienta económica. Convertir el ajuste en un proyecto de país es una decisión política.

Y esa decisión tiene ganadores y perdedores.

Hora Reimon — Donde el poder incomoda, ahí estamos.

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