NO ES RIESGO PAÍS: ES RIESGO MILEI. EL MUNDO MIRA A UNA ARGENTINA SIN RUMBO

El indicador de JP Morgan mide el riesgo financiero de la Argentina, pero hay una pregunta que el Gobierno evita responder: ¿qué confianza puede generar un país conducido por un presidente que se desentiende de la economía cotidiana, subordina su estrategia a Estados Unidos y parece más interesado en los foros internacionales que en gobernar para los argentinos?
Política20 de octubre de 2026Gus ReimonGus Reimon

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Hay un dato que Javier Milei no puede explicar con una motosierra, un discurso en inglés ni otra disertación ante empresarios: la confianza no se decreta, la inversión no se consigue a los gritos y la economía de un país no se gobierna con dogmas.

El Gobierno insiste en presentar el riesgo país como una variable financiera aislada, casi como si fuera un capricho de los mercados. Pero los inversores no miran solamente una planilla de números. También observan la estabilidad política, la capacidad de gestión, la previsibilidad de las decisiones y la posibilidad de que un presidente sostenga un rumbo económico sin poner en peligro el tejido productivo y social.

Y ahí aparece el verdadero interrogante: ¿y si el problema no fuera solamente el riesgo país, sino el riesgo Milei?

Un presidente que habla de macroeconomía mientras los hogares hacen malabares

Milei construyó su identidad política alrededor de su supuesta superioridad técnica en materia económica. Sin embargo, gobernar un país exige bastante más que repetir conceptos de manual, defender el equilibrio fiscal como una religión y celebrar indicadores financieros mientras millones de personas hacen cuentas para llegar a fin de mes.

La economía doméstica también existe. Los salarios, las jubilaciones, los alquileres, los alimentos, las tarifas, el empleo y el consumo no son variables secundarias: son la vida real de una sociedad.

Un modelo puede exhibir determinadas mejoras en algunos indicadores y, al mismo tiempo, deteriorar las condiciones de vida de amplios sectores de la población. Cuando las familias pierden capacidad de compra, las pymes venden menos y la actividad productiva se resiente, la pregunta no es cuánto se aplaude el programa en un foro internacional, sino cuánto puede sostenerse en la Argentina real.

Porque una economía no se ordena únicamente con recortes. También necesita producción, trabajo, inversión genuina y un mercado interno capaz de sostener la actividad.

El riesgo de entregar el rumbo nacional

Hay otro factor que los mercados observan: la autonomía de las decisiones económicas.

La relación con Estados Unidos puede formar parte de una política exterior legítima. El problema aparece cuando esa relación se transforma en una subordinación estratégica que condiciona las decisiones nacionales y reduce el margen de maniobra de la Argentina.

Un país que depende cada vez más del respaldo externo para sostener su estabilidad financiera queda expuesto a las condiciones, los intereses y las prioridades de quienes proporcionan ese respaldo.

¿Dónde termina la cooperación internacional y dónde comienza la dependencia?

Si las decisiones fundamentales quedan atadas a las necesidades de una potencia extranjera y a los intereses de grandes grupos financieros, la soberanía deja de ser una consigna para convertirse en una cuestión económica concreta.

La Argentina necesita inversiones, sí. Pero necesita inversiones que desarrollen su capacidad productiva, generen empleo y fortalezcan su economía. No un esquema en el que el país se limite a ofrecer recursos, reducir costos y esperar que desde afuera decidan qué lugar debe ocupar.

La inversión sin desarrollo puede enriquecer a determinados sectores. No garantiza, por sí sola, el bienestar de una nación.

Los mercados también evalúan a quien gobierna

Los inversores internacionales buscan previsibilidad. Quieren saber si las reglas se mantendrán, si las decisiones tendrán coherencia y si el Gobierno podrá sostener sus compromisos sin generar nuevas turbulencias.

Por eso, la personalidad presidencial, su forma de comunicar, su capacidad de negociación y su conducta institucional también pueden influir en la percepción de riesgo.

No se trata de convertir las diferencias políticas en diagnósticos personales ni de atribuirle a un solo factor cada movimiento de los mercados. Se trata de entender que un presidente no es ajeno a la confianza que genera su propio gobierno.

Cuando la confrontación permanente reemplaza al diálogo, cuando los adversarios son tratados como enemigos y cuando la política exterior parece orientada a satisfacer alineamientos antes que a defender intereses nacionales, la incertidumbre también entra en la ecuación.

Y cuando esa incertidumbre convive con una economía que castiga el consumo, debilita a sectores productivos y deja a las familias expuestas, el interrogante se vuelve todavía más profundo.

El riesgo Milei

El riesgo país es un indicador financiero. No es una conspiración ni una opinión editorial: refleja, entre otros factores, cómo los mercados valoran la posibilidad de incumplimiento de la deuda soberana.

Pero ningún indicador alcanza para explicar toda la realidad de una nación.

También existe el riesgo de un gobierno que confunde ajuste con desarrollo, obediencia externa con estrategia internacional y exposición mediática con gestión. El riesgo de un presidente que se presenta como experto en economía, pero cuya política debe evaluarse por sus resultados concretos, no por sus credenciales autoproclamadas.

Milei puede responsabilizar a la oposición, a la herencia recibida o a cualquier otro adversario. Lo que no puede hacer es desentenderse de las consecuencias de sus propias decisiones.

Porque si la economía no logra traducir sus supuestos éxitos en mejores condiciones de vida, si la inversión no se convierte en empleo y producción, y si la estabilidad depende cada vez más de apoyos externos, la responsabilidad política tiene nombre y apellido.

No alcanza con preguntar cuánto marca el riesgo país. Hay que preguntar cuánto riesgo agrega Milei a la Argentina.

Los mercados miran los números, pero también miran quién toma las decisiones. Los argentinos, mientras tanto, sufren o disfrutan sus consecuencias todos los días.

Y gobernar no es ofrecer un espectáculo para los foros internacionales ni convertirse en el alumno obediente de las grandes potencias. Gobernar es defender los intereses nacionales, fortalecer la producción, garantizar condiciones de vida dignas y construir un futuro que no dependa de la voluntad de los poderosos.

Porque el riesgo más profundo no es solamente financiero.

Es tener un país cuyo presidente parece más comprometido con demostrarle al mundo que tiene razón que con demostrarles a los argentinos que pueden vivir mejor.

Hora Reimon