MILEI NEGÓ QUE LOS ARGENTINOS NO LLEGUEN A FIN DE MES Y PREGUNTÓ CÓMO HACEN PARA VIVIR «10 DÍAS SIN COMER NI BEBER»

El Presidente descalificó como una «pelotudez» las afirmaciones sobre las dificultades económicas de los hogares y lanzó una pregunta que expone la distancia entre el discurso oficial y la realidad de quienes no pueden cubrir sus necesidades básicas. Mientras el Gobierno defiende su ajuste, millones de familias deben hacer malabares para pagar alimentos, alquileres, servicios y medicamentos.
Política20 de octubre de 2026Gus ReimonGus Reimon

Javier Milei volvió a quedar en el centro de la polémica tras cuestionar a quienes sostienen que los argentinos no llegan a fin de mes. El Presidente calificó esas afirmaciones de «pelotudez» y lanzó una frase que resume su mirada sobre el problema: «Si se quedan sin plata verdaderamente, me pueden decir cómo hacen para vivir 10 días sin comer ni beber».

La pregunta presidencial merece una respuesta, aunque probablemente no sea la que el mandatario espera: la gente no deja de comer porque se quedó sin plata; busca cómo sobrevivir. Pide prestado, recurre a familiares, compra fiado, se endeuda, saltea comidas, reduce porciones o posterga gastos esenciales. Llegar al final del mes no significa necesariamente haber podido vivir dignamente durante esos treinta días.

El razonamiento de Milei parece convertir la supervivencia en una prueba de que las dificultades económicas no serían tan graves. Pero que una familia encuentre alguna manera de seguir adelante no demuestra que sus ingresos alcancen ni que sus necesidades estén cubiertas.

Sobrevivir no es lo mismo que llegar a fin de mes

Cuando los ingresos no alcanzan, las familias reorganizan sus gastos como pueden. Primero se recortan consumos considerados prescindibles; después aparecen las decisiones más duras: comprar menos carne, abandonar tratamientos, atrasarse con el alquiler, refinanciar deudas o recurrir a la tarjeta de crédito para adquirir alimentos.

En los hogares con niños, jubilados o personas con discapacidad, esas decisiones pueden tener consecuencias todavía más graves. El problema no siempre aparece como una ausencia absoluta de dinero: muchas veces se manifiesta en una acumulación de privaciones que las estadísticas de ingresos no muestran por completo.

Por eso, la discusión sobre el costo de vida no puede resolverse preguntando si una persona sigue viva diez días después de quedarse sin dinero. La cuestión es qué tuvo que sacrificar para conseguirlo y en qué condiciones está viviendo.

El ajuste se mide también en la mesa de los hogares

Cuando una persona se queda sin dinero antes de terminar el mes, el problema no desaparece porque consiga sobrevivir durante los días restantes. La dificultad económica persiste y puede traducirse en deudas, privaciones y pérdida de calidad de vida.

La discusión sobre el rumbo económico debería incorporar una pregunta elemental: ¿cuánto dinero necesita una familia para cubrir sus necesidades y qué proporción de sus ingresos puede destinar efectivamente a hacerlo?

Si el Gobierno considera exagerado el diagnóstico sobre las dificultades económicas, tiene herramientas para refutarlo: publicar datos comparables, explicar la evolución de los ingresos reales y demostrar cómo mejoró la capacidad de compra de los hogares.

Lo que no alcanza es convertir el sufrimiento económico en una disputa de consignas.

Porque cuando el sueldo se termina el día 20, el alquiler no espera, las facturas no desaparecen y el hambre no entiende de discursos presidenciales.

Milei puede cuestionar a la oposición y defender su programa económico. Lo que no puede hacer es confundir la capacidad de las familias para resistir con una prueba de que sus problemas no existen.

HORA REIMON