Milei, el coronel sin rumbo: un poder encerrado en su propia realidad
Gus Reimon
Javier Milei empieza a ofrecer esa sensación.No porque la Argentina se haya convertido en Macondo, sino porque el poder parece cada vez más encerrado en su propia ficción, rodeado de enemigos, conspiraciones, internas y batallas permanentes, mientras afuera de ese círculo la realidad continúa golpeando la puerta.
Gabriel García Márquez escribió El coronel no tiene quien le escriba. Un hombre espera durante años una respuesta que nunca llega. La espera se convierte en una forma de vida.
En la Argentina de Milei aparece otra espera: la de un Gobierno que promete que los resultados están por llegar, que el sacrificio tendrá recompensa, que el ajuste finalmente se transformará en bienestar, que la economía despegará, que el futuro está a la vuelta de la esquina.
Mientras tanto, el presente espera.
Y espera cada vez más gente.
Del Presidente al emperador
La imagen de Milei también parece haber cambiado.
Aquel dirigente que llegó prometiendo destruir la “casta” y terminar con los privilegios hoy aparece cada vez más absorbido por las disputas del poder, por la construcción de enemigos y por una lógica política donde cualquier cuestionamiento puede convertirse en una batalla.
La comparación con Galtieri puede resultar incómoda, pero existe una razón histórica para plantearla como una advertencia y no como una equivalencia: el poder puede encerrarse en una realidad propia, rodearse de aduladores y terminar tomando decisiones políticas desconectadas de las consecuencias sociales.
No se trata de decir que Milei es Galtieri.
Se trata de recordar que la soberbia del poder nunca es inocua.
Y también aparece otra imagen histórica: Napoleón Bonaparte.
No por una comparación militar ni histórica literal, sino por la tentación de concentrar toda la política alrededor de la figura del líder, convertir cada enfrentamiento en una batalla personal y hacer que el Estado parezca una extensión de la voluntad del gobernante.
El problema es que una República no puede funcionar como una corte.
La pelea está adentro
Mientras el Gobierno intenta mostrar fortaleza hacia afuera, las internas se multiplican hacia adentro.
Karina Milei aparece como una de las principales figuras del armado político. Santiago Caputo continúa siendo una pieza central del esquema presidencial. Luis Caputo conserva la confianza del Presidente. Patricia Bullrich, mientras tanto, protagoniza nuevos cortocircuitos con el Gobierno.
Y la discusión no es solamente de nombres.
Es una discusión por el poder.
En los últimos días quedó expuesto incluso un problema de coordinación alrededor del Presupuesto 2027: Bullrich cuestionó que no hubiera sido informada sobre modificaciones vinculadas con discapacidad y, según Infobae, desde el entorno de Karina Milei reconocieron problemas de comunicación dentro del Gobierno.
La escena es significativa.
Un Gobierno que pretende administrar un país de más de 45 millones de personas termina discutiendo internamente quién sabía qué, quién informó a quién y quién tiene la última palabra.
Mientras tanto, la sociedad espera respuestas.
¿Y el Estado?
Acá aparece el verdadero problema.
Milei no solamente propone reducir el Estado: su Gobierno viene ejecutando una política de reducción de personal y de gasto público. Datos difundidos esta semana indican que desde diciembre de 2023 se redujeron más de 72.000 puestos de trabajo público y que el Ejecutivo anticipa nuevos recortes para 2027.
El Presupuesto 2027 presentado por el Gobierno proyecta 18% de inflación y 4% de crecimiento, pero mantiene una fuerte orientación hacia el equilibrio fiscal y contempla ajustes cuestionados por distintos sectores en áreas como educación, ciencia y discapacidad.
Aquí es donde la discusión deja de ser solamente ideológica.
Porque una cosa es discutir cuánto Estado necesita la Argentina.
Y otra muy diferente es discutir qué sucede cuando el Estado deja de estar.
¿Quién acompaña al jubilado?
¿Quién sostiene al discapacitado?
¿Quién garantiza educación pública?
¿Quién financia la ciencia?
¿Quién construye infraestructura?
¿Quién atiende una emergencia cuando el mercado no encuentra rentable hacerlo?
La respuesta no puede ser simplemente: “que lo resuelva el mercado”.
Porque cuando el Estado desaparece, el vacío no siempre lo ocupa la libertad.
Muchas veces lo ocupa la desigualdad.
Un Gobierno sin política de Estado
El problema más profundo de Milei no es solamente económico.
Es institucional.
Argentina necesita políticas de Estado que sobrevivan a los gobiernos: educación, salud, ciencia, infraestructura, defensa, seguridad, desarrollo productivo, política exterior, soberanía territorial.
Pero el modelo libertario parece plantear otra lógica: cada área del Estado debe justificar permanentemente su existencia frente a una motosierra que se convirtió en doctrina.
Y eso genera una paradoja.
Un Presidente que habla permanentemente de grandeza nacional puede terminar debilitando las herramientas con las que un país construye esa grandeza.
Un país sin Estado no es necesariamente un país más libre.
Puede ser simplemente un país donde quienes tienen recursos pueden resolver sus problemas y quienes no los tienen quedan librados a su suerte.
La persecución como sustituto de la política
También hay algo más preocupante.
Cuando un gobierno enfrenta problemas económicos, sociales y políticos, puede elegir administrar esos conflictos o puede convertirlos en una guerra permanente contra adversarios.
Milei parece inclinarse cada vez más hacia la segunda opción.
La política se transforma entonces en una sucesión de enemigos: periodistas, opositores, artistas, dirigentes, legisladores, sindicalistas, gobernadores, periodistas nuevamente, periodistas otra vez.
La energía presidencial se consume en demostrar quién es el enemigo.
Pero gobernar es otra cosa.
Gobernar es decidir.
Gobernar es administrar.
Gobernar es negociar.
Gobernar es construir políticas que sobrevivan incluso al gobernante que las implementó.
Y sobre todo, gobernar es hacerse responsable de las consecuencias.
El peligro del encierro
Quizás ahí esté la mayor semejanza literaria.
El coronel de García Márquez espera una carta que no llega.
El Gobierno de Milei parece esperar que el futuro finalmente confirme sus certezas.
Pero mientras espera, la realidad avanza.
La economía tiene sus propios tiempos. La pobreza tiene rostros concretos. Los jubilados tienen que pagar medicamentos. Las familias tienen que pagar tarifas. Los trabajadores tienen que llegar a fin de mes. Las universidades necesitan recursos. Los hospitales necesitan insumos. Las provincias reclaman fondos. Las personas con discapacidad necesitan prestaciones.
La realidad no funciona con tuits.
Y tampoco funciona con épicas.
Milei puede seguir creyendo que la historia le dará la razón.
Puede seguir viendo cada crítica como una conspiración y cada adversario como un enemigo.
Puede seguir rodeándose de quienes le confirman que el problema siempre está afuera.
Pero hay una pregunta que tarde o temprano todos los gobiernos deben responder:
¿Qué queda del país después del ajuste?
Porque destruir estructuras puede ser relativamente rápido.
Construir un Estado eficiente, serio y capaz de proteger a sus ciudadanos lleva décadas.
Y cuando un gobierno confunde la eliminación del Estado con la solución de todos los problemas, puede terminar descubriendo demasiado tarde que una cosa es reducir la burocracia y otra muy distinta es dejar a la sociedad sin herramientas para enfrentar sus propias crisis.
La Argentina no necesita un monarca.
Tampoco necesita un Napoleón.
Necesita instituciones.
Necesita políticas de Estado.
Necesita un gobierno que gobierne.
Y necesita, sobre todo, que el poder vuelva a mirar hacia afuera de la Casa Rosada.
Porque mientras adentro siguen discutiendo quién manda, afuera hay un país entero esperando que alguien le escriba.
