Política

A 50 años de La Noche de los Lápices: cuando estudiar, organizarse y reclamar también podía costar la vida

Medio siglo después, seis estudiantes secundarios de La Plata continúan desaparecidos. Tenían entre 16 y 18 años. Habían participado de la militancia estudiantil y de las luchas por derechos que, en 1976, la dictadura buscó silenciar mediante el terror.

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Este 16 de septiembre se cumplen 50 años de La Noche de los Lápices, uno de los episodios más emblemáticos del terrorismo de Estado desplegado durante la última dictadura cívico-militar argentina.

La historia comenzó en La Plata. Durante la madrugada del 16 de septiembre de 1976 y en los días posteriores, un grupo de estudiantes secundarios fue secuestrado por fuerzas represivas. La mayoría militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y algunos habían participado durante 1975 de las movilizaciones por el Boleto Estudiantil Secundario.

Los jóvenes fueron trasladados a centros clandestinos de detención, entre ellos Arana y el Pozo de Banfield, donde fueron sometidos a torturas. Seis de ellos permanecen desaparecidos: Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha. Cuatro sobrevivieron: Emilce Moler, Patricia Miranda, Pablo Díaz y Gustavo Calotti.

Mucho más que una historia sobre un boleto

Durante años, La Noche de los Lápices fue presentada principalmente como la historia de un grupo de estudiantes perseguidos por reclamar el boleto estudiantil.

Pero los testimonios de sobrevivientes permitieron complejizar esa explicación.

Emilce Moler, una de las sobrevivientes, señaló que la movilización por el boleto había ocurrido en 1975 y que, cuando fue detenida, quienes la interrogaban no le preguntaban por ese reclamo sino por su militancia política.

Ese dato resulta fundamental para comprender la dimensión del episodio: no se trató simplemente de una protesta estudiantil reprimida, sino de una persecución política en el marco del terrorismo de Estado.

Los jóvenes formaban parte de una generación que participaba de organizaciones políticas, estudiantiles y sociales. Para la dictadura, esa participación era considerada una amenaza.

Jóvenes que tenían nombres, proyectos y sueños

Claudia tenía 16 años.

Francisco, 16.

Horacio, 17.

María Clara, 18.

Daniel, 18.

Claudio, 18.

No eran solamente nombres dentro de una lista de víctimas. Eran estudiantes, hijos, amigos, militantes y jóvenes que imaginaban un futuro.

La dictadura intentó convertirlos en silencio.

Cinco décadas después, sus nombres siguen siendo pronunciados.

Y esa diferencia importa.

Porque la desaparición buscaba borrar personas, historias y vínculos. La memoria hace exactamente lo contrario: restituye nombres, reconstruye historias y devuelve humanidad a quienes el terrorismo de Estado intentó convertir en cifras.

El terror como método

La Noche de los Lápices ocurrió apenas seis meses después del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.

El aparato represivo desplegado en la provincia de Buenos Aires incluyó a fuerzas policiales y militares y una extensa red de centros clandestinos de detención. Documentación oficial identifica entre los responsables del operativo y del circuito represivo bonaerense a estructuras vinculadas al Batallón 601 y a la Policía de la Provincia de Buenos Aires.

Los estudiantes fueron llevados a distintos centros clandestinos y torturados.

El objetivo de aquella maquinaria no era solamente detener personas: era disciplinar a toda una sociedad mediante el miedo.

La desaparición forzada funcionaba también como un mensaje para quienes quedaban afuera.

50 años después

Medio siglo es mucho tiempo.

Para quienes tenían 16 o 17 años en 1976, serían hoy personas de alrededor de 66 o 67 años.

Pero seis de aquellos jóvenes nunca tuvieron la posibilidad de llegar a esa edad.

Por eso cada 16 de septiembre no se recuerda solamente un episodio ocurrido durante la dictadura. También se recuerda el derecho de los jóvenes a estudiar, organizarse, expresarse, participar y reclamar.

Desde 2014, la Ley 27.002 estableció el 16 de septiembre como Día Nacional de la Juventud, en conmemoración de La Noche de los Lápices.

La memoria también es una pregunta

A 50 años, la pregunta no es solamente qué ocurrió aquella madrugada.

También es qué hacemos hoy con esa historia.

Qué lugar ocupa la memoria.

Qué enseñamos en las escuelas.

Qué hacemos cuando un joven decide organizarse, reclamar o cuestionar una injusticia.

Y, sobre todo, cuánto aprendimos de una época en la que el Estado convirtió la persecución política, la tortura y la desaparición forzada en instrumentos de dominación.

La Noche de los Lápices permanece porque detrás de aquella tragedia hay nombres, rostros y vidas que quedaron truncadas.

Claudia. Francisco. María Clara. Horacio. Daniel. Claudio.

Seis estudiantes que continúan desaparecidos.

Cuatro sobrevivientes que pudieron contar.

Y una historia que, medio siglo después, sigue obligándonos a recordar.

Porque recordar no es quedarse en el pasado.

Es saber qué ocurrió.

Es nombrar a quienes fueron víctimas.

Es escuchar a quienes sobrevivieron.

Y es defender el derecho de las nuevas generaciones a vivir en una sociedad donde ningún joven vuelva a ser perseguido por pensar, organizarse o reclamar.

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