LA IA PIDE ESTADO MIENTRAS ARGENTINA DESREGULA

El CEO de Anthropic reclama participación de los gobiernos en el desarrollo de la inteligencia artificial. Pero hay una paradoja que merece ser discutida: mientras las grandes tecnológicas estadounidenses reclaman coordinación estatal, infraestructura, investigación y políticas públicas para sostener la carrera tecnológica, en Argentina se insiste con la idea de que el Estado debe correrse y dejar todo librado al mercado.
Sociedad15 de septiembre de 2026Hora ReimonHora Reimon

La declaración de Dario Amodei, CEO de Anthropic, no aparece en el vacío.

Amodei sostiene que resulta extraño que una tecnología con semejante capacidad de transformación esté desarrollándose fundamentalmente dentro de empresas privadas y reclama participación gubernamental y supervisión de gobiernos democráticos. En los últimos días, además, el propio Amodei pidió desacelerar el desarrollo de la IA para que los mecanismos de seguridad puedan alcanzar el ritmo de avance tecnológico.

Y acá aparece la pregunta que debería hacerse Argentina:

¿Por qué las potencias que compiten por dominar la inteligencia artificial no están dejando todo librado al mercado?

Estados Unidos está haciendo exactamente lo contrario.

El Departamento de Energía puso en marcha la Genesis Mission, una estrategia nacional que combina al Estado, laboratorios nacionales, universidades y gigantes tecnológicos. El programa recibió US$293 millones de financiación federal y posteriormente anunció más de US$800 millones en compromisos de socios, incluyendo recursos de cómputo, modelos de IA, infraestructura cloud, investigación y financiación. Entre los participantes figuran Anthropic, Google y OpenAI.

No es solamente un negocio privado.

Es política industrial.

Es infraestructura estratégica.

Es investigación financiada y coordinada.

Es competencia geopolítica.

Y es también una disputa por quién va a controlar la tecnología que puede transformar el trabajo, la producción, la defensa, la energía, la ciencia y las comunicaciones.

Incluso OpenAI comenzó a plantear públicamente una política industrial para la llamada “era de la inteligencia”, defendiendo que los gobiernos utilicen herramientas que van desde la financiación de investigación y capacitación laboral hasta instrumentos para orientar mercados y regulación.

Entonces aparece una contradicción interesante.

Mientras en Estados Unidos se discute cómo utilizar al Estado para ganar la carrera tecnológica, en Argentina muchas veces se presenta al Estado como un obstáculo que debe apartarse.

Mientras Washington articula empresas privadas, universidades, laboratorios nacionales e infraestructura pública, acá se propone que el mercado resuelva prácticamente todo.

¿Y quién termina poniendo los recursos estratégicos?

Porque hay algo que Silicon Valley entendió hace tiempo: desarrollar inteligencia artificial a escala planetaria necesita chips, energía, agua, fibra óptica, centros de datos, infraestructura, investigación, científicos y enormes cantidades de capital.

Nada de eso aparece mágicamente por obra de “la mano invisible”.

LA PARADOJA ARGENTINA

La discusión no debería ser Estado sí o Estado no.

La pregunta debería ser:

¿Para quién trabaja el Estado y qué obtiene la sociedad a cambio de los recursos públicos que pone?

Porque si el Estado subsidia o facilita el desarrollo tecnológico, pero las ganancias quedan completamente privatizadas, tenemos una socialización de los costos y una privatización de los beneficios.

Pero si el Estado participa, financia investigación, desarrolla infraestructura, forma trabajadores, protege datos, exige estándares de seguridad y consigue que parte del conocimiento y de las ganancias permanezcan en el país, estamos hablando de otra cosa.

Estamos hablando de soberanía tecnológica.

Y ahí la discusión se vuelve mucho más incómoda.

Porque mientras algunos discursos políticos argentinos hablan de retirar al Estado de la economía, las grandes potencias están tratando a la inteligencia artificial como lo que realmente es:

una tecnología estratégica de Estado.

La paradoja es brutal:

los empresarios tecnológicos que están construyendo la IA empiezan a pedir que los gobiernos participen.

Y nosotros, mientras tanto, seguimos discutiendo si el Estado debería mirar desde afuera.

PARA REFLEXIONAR 

El verdadero debate no es si las empresas privadas deben existir.

Por supuesto que deben existir.

El problema es quién fija las reglas, quién financia la infraestructura, quién asume los riesgos, quién se queda con los beneficios y qué lugar ocupa cada país en la nueva economía tecnológica.

Porque si Estados Unidos entiende que la inteligencia artificial es estratégica, China también, Europa también y las grandes empresas tecnológicas también...

¿Por qué Argentina debería comportarse como si fuera simplemente un espectador?

La soberanía del siglo XXI no se va a disputar solamente por territorio.

También se va a disputar por datos, energía, chips, infraestructura, conocimiento y capacidad de desarrollar inteligencia artificial propia.

Y quizás la pregunta más importante sea esta:

¿Queremos ser productores de tecnología o proveedores baratos de energía, datos y recursos para quienes la producen?

Eso también es soberanía.