EL PAPA Y UNA VISITA QUE PUEDE DESBORDAR AL GOBIERNO
Gus Reimon
La magnitud que se analiza para la visita encendió las alarmas en el Gobierno porteño y en las provincias que recibirían al pontífice. Según información periodística, se calcula que una misa podría convocar entre 2 y 4 millones de personas, una dimensión que obligaría a montar un operativo extraordinario de seguridad, transporte, salud, hidratación, vallado, pantallas y sonido.
Una fuente vinculada a la organización graficó la magnitud del desafío con una frase contundente:
“Estamos hablando de 30 o 40 canchas de River en simultáneo”.
La comparación permite dimensionar el problema. El Monumental tiene actualmente una capacidad superior a los 80.000 espectadores, por lo que una concentración de varios millones de personas supone una escala completamente diferente a la de cualquier evento masivo convencional.
Y el problema no es solamente logístico.
Según las versiones difundidas, algunas de las alternativas inicialmente consideradas fueron descartadas por falta de capacidad. Tecnópolis, por ejemplo, tendría espacio para unas 200.000 personas, una cifra muy inferior a la convocatoria que se estima para el principal acto. Entre las opciones que aparecen en evaluación figuran el Monumento a los Españoles, la sede de FAdeA en Córdoba y la explanada de la Basílica de Luján.
La organización también abre otra discusión: el costo del operativo y la forma en que se contratarán los servicios necesarios.
Las estimaciones difundidas ubican el costo total de los eventos en una cifra de entre 15 y 20 millones de dólares, mientras que las necesidades técnicas serían enormes: cientos de pantallas, sonido, hospitales de campaña, hidratación, seguridad y kilómetros de vallado.
Y en un Gobierno que convirtió el ajuste y la reducción del gasto público en una de sus principales banderas, semejante despliegue puede transformarse inevitablemente en una discusión política.
Porque mientras el Gobierno insiste en la austeridad, la visita del Papa obligaría a movilizar recursos públicos y privados a una escala excepcional.
LEÓN XIV, EN EL CENTRO DE UN AÑO DECISIVO
La visita además llega en un momento particularmente sensible.
8 de noviembre: llegada del papa León XIV.
Apenas cinco días después de las elecciones estadounidenses y en medio de una sucesión de acontecimientos que puede modificar el tablero internacional.
Brasil habrá atravesado su primera vuelta y, eventualmente, su ballotage.
Estados Unidos habrá definido su nuevo escenario político.
Israel habrá celebrado sus elecciones.
Y la Argentina se encaminará hacia la definición de su propio mapa electoral.
Por eso la presencia del Papa puede adquirir una dimensión política mucho mayor que la estrictamente religiosa.
No porque León XIV vaya a intervenir electoralmente, sino porque su llegada se producirá en una Argentina atravesada por una profunda disputa social y política.
Millones de personas podrían movilizarse.
Y esa imagen, en sí misma, tendrá una enorme potencia.
EL PROBLEMA PARA MILEI
Para el Gobierno de Milei, la visita puede representar simultáneamente una oportunidad y un riesgo.
Una oportunidad para mostrar capacidad de organización y proyectar una imagen de normalidad institucional.
Pero también un riesgo si el operativo se desborda, si aparecen conflictos entre Nación, Ciudad y provincias o si los costos terminan generando una nueva polémica.
La pregunta inevitable será:
¿Puede un Gobierno que reclama austeridad administrar un acontecimiento capaz de movilizar a millones de personas sin que el costo político recaiga sobre la Casa Rosada?
Y hay algo todavía más profundo.
Si la convocatoria alcanza las dimensiones que se están proyectando, la visita del Papa podría convertirse en uno de los acontecimientos sociales más masivos de los últimos años en la Argentina.
Eso explica la preocupación de las autoridades.
No estamos hablando de organizar una misa.
Estamos hablando de administrar una ciudad dentro de otra ciudad.
Y todo esto ocurrirá apenas semanas después de las grandes definiciones electorales internacionales.
El calendario, entonces, empieza a adquirir una dimensión extraordinaria:
4 de octubre: primera vuelta en Brasil.
25 de octubre: eventual ballotage en Brasil.
27 de octubre: elecciones en Israel.
3 de noviembre: elecciones en Estados Unidos.
8 de noviembre: llegada del papa León XIV.
28 de noviembre: comienza a aclararse el escenario electoral argentino.
Seis fechas.
Seis movimientos.
Un tablero regional en plena transformación.
Y en el centro de todo, una Argentina que enfrenta una pregunta decisiva:
¿El experimento Milei se consolida y se convierte en modelo regional, o comienza a mostrar las grietas que pueden provocar un cambio político drástico?
Porque esta vez no se juega solamente el futuro de un Gobierno.
Puede estar en juego el rumbo político de buena parte de América Latina.
